Con autorización de editorial Anagrama reproducimos un fragmento del ensayo de Roberto Calasso, libros y los sitios donde han de habitar.

Crédito: Especial

Roberto Calasso

Cd. de México (15 agosto 2021).-
05:00 hrs

¿Cómo ordenar la propia biblioteca? Es un tema altamente metafísico. Me sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado. De hecho, ofrece una buena ocasión para indagar en la cuestión capital: ¿qué es el orden? El orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se puede vivir.

Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre esas dos afirmaciones. En lo que se refiere a los libros, el mejor orden no puede sino ser plural, al menos tanto como lo sea la persona que usa esos libros.

Debe ser, además, sincrónico y diacrónico a la vez: geológico (por estratos sucesivos), histórico (por fases y caprichos), funcional (en relación con el uso cotidiano en un momento determinado), técnico (alfabético, lingüístico, temático).

Está claro que la yuxtaposición de estos criterios tiende a crear un orden por parches, muy cercano al caos. Lo cual puede suscitar, según el momento, alivio o incomodidad.

La única regla áurea es la del buen vecino, formulada y aplicada por Aby Warburg, según la cual en la biblioteca perfecta, cuando se busca un determinado libro, se termina por tomar el que está al lado, que se revelará aún más útil que el que buscábamos.

He experimentado personalmente la verdad de esta regla durante mi estancia en Londres, hacia mediados de los años sesenta, para escribir mi tesis sobre Los jeroglíficos de Sir Thomas Browne. Dividía mis días entre el British Museum (todavía en la admirable Sala Panizzi, ya inexistente) y el Warburg Institute, a unos diez minutos de distancia.

En el Warburg, donde cada lector puede tomar por sí mismo los libros que necesita, no pocas veces me encontré descubriendo esos buenos vecinos. Si existió alguien en el siglo XX para quien la cuestión del orden de los libros resultó esencial, e incluso obsesiva, ese fue Aby Warburg.

En la magnífica sala elíptica de la Kulturwissenschaftliche Bibliothek Warburg de Hamburgo, inaugurada en 1926, cuando la biblioteca era todavía una institución privada, el orden de los libros seguía un criterio sorprendente, cuya fórmula puede ser aforísticamente definida como un intento de reproducir en el espacio la trama del pensamiento del propio Warburg.

Este, en una carta a las autoridades de Hamburgo para defender la necesidad de que Ernst Cassirer permaneciera en la ciudad, formuló de modo magistral, en su estilo particular, el carácter de la biblioteca, que debía ser “un nuevo y único lugar psíquico, en el cual las aspiraciones de Cassirer y de la Universidad de Hamburgo tienen una función común: concebir y mostrar las formaciones de imágenes y el orden conceptual en un sentido psicológico-histórico como una oscilación intrínsecamente unitaria entre los dos polos”.

Sólo Aby Warburg podía expresarse de este modo en un documento oficial.

Sin duda Cassirer percibió enseguida lo que significaba esa biblioteca como “lugar psíquico”, y dio testimonio a su esposa, Toni: “Después de la primera visita, Ernst volvió a casa en un estado de excitación inusual en él y me contó que esa biblioteca era algo único y grandioso, y que el doctor Saxl, que se la había mostrado, daba la impresión de ser un hombre extremadamente singular”.

Cassirer le contó también cómo, “después de haber sido guiado a través de las largas estanterías, le había dicho que nunca volvería, porque seguramente se habría perdido en ese laberinto”. Obviamente sucedió lo contrario y Cassirer se convirtió, junto con Erwin Panofsky y Edgar Wind, en uno de los habituales del Instituto, además de uno de los primeros autores de sus publicaciones.

A partir de un determinado año, decidí que casi todos los libros que me rodean estuvieran cubiertos con esa especie de papel de seda que se llama pergamino y que todavía hoy es usado por los libreros anticuarios de Francia, donde la mayor parte de los libros son de tapa blanda y por tanto la utilidad del pergamino es más evidente (en los países anglosajones se usan en cambio sobrecubiertas de plástico).

Me han preguntado en varias ocasiones por qué lo hago. El motivo oficial es que el pergamino protege la portada del envejecimiento. Sin embargo, no es ese el punto decisivo, que resulta, en cambio, difícilmente confesable: el pergamino sirve para complicarse la vida con los libros.

Su verdadera razón es la de hacer menos legible -o incluso ilegible- lo que está escrito en el lomo. El pergamino hace que sea mucho menos reconocible. Cosa que alivia a quien vive en medio de ellos y no quiere verse obligado a percibir en todo momento la presencia inminente de un cierto libro. En cambio, prefiere encontrarlo casi al tacto, delicadamente momificado.

Existe un motivo ulterior, aún menos confesable. El pergamino hace mucho más difícil, para el visitante ocasional, detectar los títulos de los libros. Esto frena todo exceso de intimidad. Impide esa incómoda situación en que, al entrar en una habitación, se reconoce rápidamente, incluso solo por el color y la tipografía de los lomos, de qué está hecho el paisaje mental del dueño de casa.

Nada más desolador que ciertas entrevistas televisivas con políticos o sindicalistas italianos, grabadas en sus despachos. Son actas de congresos, informes, homenajes, guías, anuarios, quizás la poesía de algún pariente. Nada que esté destinado a ser leído. Y con sobradas razones.

El concepto de colección pertenece a las altas especulaciones editoriales, y en cuanto tal es ignorado por muchos editores, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos, igual que algunos filósofos consideran que la gracia no es una cuestión de su competencia. El resultado es que las editoriales tienden a volverse secuencias de one shot, es decir de libros que sólo tienen en común el reconocible estilo de cada art director que haya diseñado su aspecto exterior.

El editor puede no aparecer en la portada del libro. Solamente en el lomo se encuentran, al menos, sus iniciales y su marca. Bendita discreción. Sin embargo, en algunos de los grandes países de la edición, como Alemania o Francia, el concepto de colección no ha dejado de existir. En Italia floreció con fuerza a principios de los años treinta y en la posguerra.

Cuando, en esa época ya remota, se entraba en ciertas casas en cuya biblioteca destacaba una compacta serie de lomos rojos, se comprendía enseguida que se trataba de Ensayos Einaudi. De lo que se deducía sin esfuerzo que los habitantes de esa casa pertenecían a la izquierda ilustrada -o, por lo menos, a una izquierda más ilustrada que las otras (por ejemplo, la francesa o la alemana)-.

Esa izquierda ilustrada era asimismo estrecha de ideas, provista de poderosas anteojeras, incapaz de reconocer su propia subordinación al sistema soviético. Sin embargo, sentía la obligación de mantener, en la forma y en los temas de los libros, un cierto nivel. Era una aristocracia de izquierda, lo opuesto de aquello en lo que, desgraciadamente, iba a convertirse la izquierda.

Se puede comprender, entonces, por qué los libros permanecieron juntos en las estanterías. No solo porque su propietario recordaba qué títulos habían salido en esa colección -y de ese modo podía encontrarlos con facilidad-, sino además porque ese conjunto rojo tenía un sentido y un estilo. Si, en cambio, por aquellos mismos años, se encontraban en una biblioteca conjuntos de libros de la colección La Cultura, que Giacomo Debenedetti había dirigido en la editorial Il Saggiatore, el significado parecía ligera, pero claramente distinto.

El diseño gráfico y el efecto visual eran menos felices, pero el conjunto de esos libros testimoniaba, en quien los había comprado, un cierto rechazo de la ortodoxia einaudiana y una atracción por palabras inusitadas y seductoras como “fenomenología”, “estructuralismo”, “lingüística” (incluso “antropología” sonaba como palabra reciente).

Recuerdo cierta época en la que se hubiera podido decir que todo giraba en torno al nombre de Edmund Husserl. Hoy esto puede sonar hasta cómico e ingenuo, pero caracteriza un momento particularmente feliz de la historia editorial en Italia.

En cuanto a la ortodoxia einaudiana, hay que agregar que se trataba de una ortodoxia permanentemente enamorada de la heterodoxia. Porque sin bien -sin salir de los Ensayos- la ortodoxia era Lukács, la gloria de la colección fue haber publicado la primera traducción en el mundo de Mínima moralia, con un denso prefacio de Renato Solmi.

Es verdad que, como Adorno advertiría más tarde, se habían expurgado del libro todas las referencias a la Unión Soviética, pero el mérito de la edición superaba en mucho a la torpe censura. El libro había aparecido -detalle no poco significativo- en la colección adecuada.

Resulta reconfortante ver en una misma estancia un cierto número de estantes ocupados por la Loeb Classical Library y por las Belles Lettres o por la colección Lorenzo Valla. Estos libros deben estar juntos porque quien está interesado en un clásico griego o latino es un lector potencial de todos los demás, así como quien posee un volumen de la Patrología de Migne (o, más probablemente, de las Sources Chrétiennes) pasará fácilmente a algunos de los otros.

Lo mismo vale para los Sacred Books of the East, con sus lomos marrón oscuro en la reedición del sello indio Motilal Banarsidass, que se remonta al momento en que la Oxford University Press había renunciado a reimprimir esa gran colección de su catálogo histórico.

Todo esto, que parece obvio para los clásicos, es sin embargo el fundamento de toda colección, por excéntrica que sea. Se puede decir que una colección tiene una razón de ser si quien ha comprado uno de sus títulos es potencialmente un lector, también, de todos los demás. Pero, en la práctica, esto sólo se aplica a un número de casos muy restringido.

Puede valer para la Bibliothek Suhrkamp o para la Biblioteca Adelphi, pero resultaría inadecuado para Du Monde Entier de Gallimard, noble colección de narrativa extranjera en la que, sin embargo, las diferencias de calidad e interés entre un título y otro son demasiado pronunciadas como para imaginar un mismo lector que los abarcara.

Podemos, por otra parte, tomar el caso de Panorama de narrativas de Anagrama, que significó un afortunado cambio en el gusto, una operación ampliamente anhelada de puesta al día y una prescripción precisa de dirección literaria, al punto de que un poderoso competidor llegó a definir la colección como “la peste amarilla”. Lo cual se convirtió en un homenaje.

Recuerdo los majestuosos quioscos de la Rambla en los que, junto a pilas de revistas no precisamente púdicas, se levantaban pilas de libros de Panorama de narrativas, que ofrecían una buena parte de lo mejor de la literatura mundial del momento (y perfectamente actualizada). Era una alegría para la vista.

En cualquier caso, toda colección que tenga un perfil definido podrá unir todos los libros que la componen dentro de un conjunto que se mantiene a lo largo de los años, y que puede acrecentarse con cada título.

El caso más elocuente es Der Jüngste Tag, la colección de Kurt Wolff en la que aparecieron libros de novatos que podían llamarse Franz Kafka o Robert Walser o Gottfried Benn o Georg Trakl. A más de un siglo de distancia, esos libros negros, delgados, con etiquetas similares a las de los cuadernos escolares, exigen todavía el permanecer juntos, para quien consiga encontrarlos.

El libro, como la cuchara, pertenece a esa clase de objetos que son inventados de una vez para siempre -en tiempos muy antiguos o quizás no tanto-. Capaces de innumerables variaciones, pero dentro de un mismo gesto: extraer una pequeña cantidad de líquido, para la cuchara; leer un texto, incluso largo, sosteniéndolo con las manos, hojeándolo y desplazando con facilidad la atención en su interior.

El rollo era una aproximación evidentemente insuficiente e incómoda. Así, en el curso del siglo IV d. C. se produjo el paso del rollo al codex, que fue el primer libro auténtico, once siglos antes de Gutenberg. Paso que se cumplió sobre todo en ámbitos cristianos y jurídicos.

En cuanto a la cuchara, era una de las principales “herramientas”, prescritas por la liturgia védica, y usada por tanto más de mil años antes de Cristo. Desde el principio se dividían en sruva (masculino, parecido al cucharón) y sruc (femenino, usado para “esa libación que es la raíz del sacrificio”).

Son sutiles y variadas, en los Bruhmana, las consideraciones sobre el uso y el significado de estas dos cucharas. Todos los discursos sobre una eventual sustitución del libro por otros medios ignoran un hecho elemental: nuestro repertorio de gestos es limitado. Los objetos son intentos más o menos felices de adaptarse a las características inevitables de estos gestos.

Para quien quiera acostarse sobre algo menos duro que el suelo, una cama le será de ayuda. Aunque esta pueda variar mucho en su forma, como las cucharas y los libros.

Adolf Loos escribió el magnífico apólogo del pobre rico, que no se permite usar las propias pantuflas para no perturbar la perfección de su apartamento, tal como ha sido concebido por el insigne interiorista. Sin embargo, no son precisamente las pantuflas las que arruinan el idilio del pobre rico. Con mucha mayor frecuencia, son los libros.

Cada pieza del mobiliario puede tener un origen impecable y los cuadros en las paredes pueden ser impresionantes, pero, cuando se pasa al papel impreso, predomina un engorroso carácter imprevisible. Aparte de algún coffee-table book, un escrupuloso secretario debe haberse encargado un día de dejar a la vista, sobre las mesitas de noche y en las habitaciones de invitados, los libros de los que se habla.

Por lo general, esos libros no son los mejores y, sobre todo, dan la impresión de que, para quien los lee, la lectura es una actividad esporádica -y no continua, como la respiración-.

Esa es la diferencia. El lector verdadero está siempre leyendo un libro -o dos, o tres o diez- y la novedad llega como una molestia -a veces irritante, a veces agradable, a veces incluso deseada- en el seno de esa actividad ininterrumpida. Donde, no sin esfuerzo, deberá conquistar un espacio, si no se cae antes de las manos del lector. Este, entonces, volverá felizmente a ese otro libro que estaba leyendo porque eso es precisamente lo que tenía ganas de hacer.

Todo lector verdadero sigue un hilo, aunque también pueden ser cien hilos a la vez. Cada vez que abre un libro retoma en sus manos ese hilo y lo complica, embrolla, desata, anuda, prolonga. “Toda línea leída es provechosa”, dice el chino de un cuento de Hofmannsthal, a la espera de la pena capital, durante la revuelta de los Bóxer.

La forma en que la literatura se teje en el cerebro es una versión impalpable de esas redes neuronales que causan la desesperación de los científicos. En el caso del C. Elegans, un gusano transparente de un milímetro de longitud y provisto de 302 neuro-nas, hizo falta el trabajo intenso, durante doce años, de un equipo dirigido por Sydney Brenner para trazar un diagrama de sus conexiones.

El verdadero lector se reconoce por el hecho de que siente en sí al menos una minúscula fracción del joven Pierre Bayle tal como lo describe Sainte-Beuve: “Lengua, filosofía, historia, antigüedad, geografía, libros galantes: se arroja sobre todo, a medida que estas materias se le ofrecen: “Por el motivo que sea, ningún amante voluble ha cambiado de amante con tanta frecuencia como yo cambio de libro”. Estas últimas palabras se encuentran en una carta de Bayle a su hermano, cuando tenía unos veinticinco años. Un día esas amantes iban a desfilar en el enorme Dictionnaire historique et critique.

Inevitable en algunas áreas, el orden alfabético resultaría letal si se aplicara a todas ellas. De ciertos libros -sobre los hongos, sobre las plantas en Cornualles, sobre famosas partidas de ajedrez y otros casos innumerables- se recuerda el asunto, pero con frecuencia se olvida al autor. Insertarlo en un orden alfabético general equivaldría a perderlos de vista.

Es mejor formar pequeñas islas de temas afines a los que estos libros se adherirán, como conchas a una roca. Existen los atomes crochus también entre los temas. Sólo se trata de descubrirlos. Es el momento de decir algunas palabras en defensa de la lectura salvaje. Y contra los que se dan aires de leer solo desde cierto nivel (alto) hacia arriba. Estirpe aburrida por demás.

Recuerdo que Roberto Bazlen declaraba haber aprendido mucho de lo que llamaba los “libracos”. Para él eran un asunto de primera importancia. Vivía en Roma, en la vía Margutta, y desde su casa a la piazza di Fontanella Borghese, con sus puestos de libros, había un paseo de pocos minutos. Me dijo que había hecho allí no pocos descubrimientos.

Después de todo, hasta que él le señaló a Montale que leyera a Svevo, este sólo había publicado pagándose él mismo las ediciones. Y esos son precisamente los primeros libros que acaban en los puestos de segunda mando.

Los libracos abarcan de manera ecuánime todos los géneros: ocultismo, novelas, arqueología, mucho Egipto, pornografía, parapsicología, memorias, tarot, policiaco. Es inútil extender la lista: ningún género se niega, por principio, al libraco. Todos los libracos son, por principio, piezas raras.

Difícilmente se encontrarán en los catálogos de anticuarios, ni siquiera de aquellos que venden a precios mínimos. En todo caso, pueden aparecer en las paradas de mercadillos. Las de Fontanella Borghese eran, en conjunto, más atractivas que las de otras ciudades de Italia, misérrimas en general.

Ello era mérito de las órdenes religiosas, de las embajadas y de las instituciones extranjeras, sobre todo las de arqueología e historia del arte -y del hecho de que todos los caminos conducen a Roma, y también muchas bibliotecas-. Allí, todos los volúmenes que acaban de llegar, con cierta crudeza e indiferencia, se ponen en el mismo plano, como en un soneto de Belli o en el mostrador de un carnicero. Todos son peregrinos.

Por eso en la piazza di Fontanella Borghese los libracos estaban felizmente dispuestos junto a volúmenes provenientes de las bibliotecas de ilustres estudiosos muertos en soledad o rodeados de herederos indocumentados. De todos modos, en Roma no podía arraigar el carácter meticuloso y la petulancia de los bouquinistes del Sena.

Recuerdo la trastienda de un vendedor de libros de segunda mano, en aquel barrio, en la vía della Scrofa. Un día, ante mi insistencia, me dejó acceder a un escondrijo sofocante y mal iluminado en el que acumulaba los libros que consideraba invendibles porque estaban escritos en alemán.

Allí me cayó entre las manos un número de 1908 de la revista Sexual-Probleme. Autor: Prof. Dr. Sigm. Freud (Wien). Título: Über infantile Sexualtheorien (es el ensayo que precede en pocos meses al caso del pequeño Hans).

Sobre el título, la dedicatoria manuscrita: “A su querido Prof. Em. Loewy. Freud”. (Em. Loewy era Emanuel Löwy, viejo amigo y coetáneo de Freud, profesor de arqueología en Viena y Roma. Para su octogésimo cumpleaños Freud recibió como regalo de Löwy un grabado de Durero.

No sabía cómo corresponder y le escribió a su hijo Martin: “No tengo otra cosa que las Gesammelte Schriften, aunque él apenas pueda leer por culpa de su mala vista…”). Creo que el librero ni siquiera me cobró ese número, agregándolo por unas pocas liras al libro junto al cual había permanecido: Wilhelm Fliess, Der Ablauf des Lebens, en su primera y única edición, de 1906.

Dos alemanes menos, debe de haber pensado. En esa oscura trastienda Freud seguía estando junto al más amado de sus enemigos.

*Editorial Anagrama. Traducción: Edgardo Dobry.

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Categorías: Cultura

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