Por Xavier Guzmán Urbiola | La Jornada

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‘Roca volcánica’, Valle de Guadalupe, Baja California

Un certero atisbo a la ya larga carrera de un escultor, Jorge Yázpik (México, 1955) en cuyas obras, de enorme formato (de mil a veinte mil kilos) se “perciben sus contrastes entre lo lleno y lo vacío, entre lo natural, rugoso y contundente de la piedra, y lo fabricado, pulido, así como lo vaporoso de los sueños” de materiales como el tezontle, mármoles, rocas volcánicas, obsidiana, acero y concreto armado.

La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué.” Esta paradójica afirmación de Jean Cocteau ha sido citada infinidad de veces. Pero escribir poesía es diferente a materializarla. El trabajo que implica concebir versos y recitarlos o imprimirlos, para vivir en ellos, es distinto a levantar una obra que la concrete. Pier Francesco Orsini, Ferdinand Cheval, Edward James, Simón Rodia, por citar sólo a cuatro iluminados, edificaron poesía que Peter Weiss pensó que, como la naturaleza, pareciera “crecer sin meta, sólo porque vive y tiene que crecer”.

Hay un par de razones para hablar de Jorge Yázpik ahora. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, aunque él se define como autodidacta. En 1979 participó en una primera exposición. Empezó trabajando escultura en formatos pequeños; hoy lo hace también en grandes dimensiones. Utilizaba papel, madera y barro; desde hace años usa tezontle, mármoles, rocas volcánicas, obsidiana, así como acero, concreto armado y, por supuesto, combina los materiales anteriores.

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‘Roca volcánica’, Museo Anahuacalli, CDMX

Tres camiones con sus plataformas para transportar veinticinco toneladas cada una salieron de Ciudad de México el 21 de abril del presente año. Llevaban una singular carga. Se trataba de veinte esculturas desarmadas que pesan de mil a veinte mil kilos. Fueron trabajadas en basalto, mármol, pizarra y bronce. Su autor es Yázpik. Los camiones debían recorrer 2 mil 800 kilómetros.

El tamaño de sus piezas fue poniendo a Yázpik en aprietos. En 1996 un museo ya no le bastó para contenerlas. Una feliz coincidencia hizo que lo invitaran a exponer en el Museo Tamayo y a la vez en el Museo de Arte Moderno. Las colocó entre uno y otro creando, para quienes lo recuerden, un espectáculo urbano. De 2004 a 2005 coordinó un taller de su especialidad en la Facultad de Arquitectura de la UNAM.

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‘Madera’, Museo Anahuacalli, CDMX

Entre marzo y abril pasados, Yázpik proyectó y mandó construir unas zapatas y una losa o plataforma de concreto armado para asentarlas. A pesar de la pandemia, los cuatro camiones con su singular carga llegaron siete días después de haber salido, el 27 de abril, a Valle de Guadalupe, Baja California Norte. Enmarcados por un paisaje portentoso, mediante una grúa los obreros bajaron las obras.

En 2008, el contagioso atrevimiento de Yázpik logró hacer que Luis Ignacio Sáinz accediera a montarle una exposición en el Museo Nacional de Antropología, en la que su trabajo conversó con los monolitos prehispánicos. En 2011 intervino treinta y seis mármoles olvidados del Palacio de Bellas Artes, transformándolos en bancas. Si lo anterior no fuese sorprendente, en 2015 transportó cuatro de sus piezas a distintos espacios públicos en Londres, Inglaterra. Un año después montó una exposición entrañable en el Anahuacalli con sus propuestas urbanas para el Valle de México, que en grandes montajes invitaba a recrear nuestra cuenca con lagos e islas imaginarias. En febrero de 2020 apareció el bello catálogo de su obra expuesta en el Museo Federico Silva de San Luis Potosí. ¿Qué reto seguía para Yázpik?

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‘Roca volcánica’, Museo Anahuacalli, CDMX

En Valle de Guadalupe ha hecho escultura y también ha proyectado arquitectura: lagares para hacer vino, bodegas para añejarlo, vertederos para decantarlo y heterodoxas parrillas para fogatas. Obviamente él dirigió la operación para armar sus veinte obras en aquel lugar. La selección de los espacios fue cuidadosa. Eligió los fondos de los cerros, previó que los surcos de las vides debían continuar en producción y pensó, desde el afecto y el respeto, en los contrastes que generarían al “sumarse a un paisaje” natural y al creado por los vitivinicultores. El resultado del gesto que implicó intervenir un horizonte tan específico es impresionante. Tras una faena agotadora en equipo, las veinte piezas quedaron listas el 28 de abril de 2020. Se trata de una suerte de menhires de formas irregulares que dialogan con la escala de los cerros, de los surcos, de las vides y de las personas que ahí laboran; permiten que se les contemple, trepe, acaricie y se perciban sus contrastes entre lo lleno y lo vacío, entre lo natural, rugoso y contundente de la piedra, y lo fabricado, pulido, así como lo vaporoso de los sueños. Es un tipo de escultura con formas exteriores brutales y complicadas, así como sugerentes y delicadas oquedades interiores; es paradójica, como la inútil poesía. Sobra decir que no hubo inauguración; las obras aparecieron, como la naturaleza. Este proyecto en Valle de Guadalupe está en proceso. Habrá fuentes, plazas, bancas, tal vez una ruta o unas estaciones.

¿Para qué transportar y colocar esculturas tan complejas, conmovedoras y perturbadoras en un viñedo? A Yázpik, satisfecho y orgulloso de su hazaña, le gusta verlas mimetizarse con el paisaje, porque al menos durante un tiempo deben estar en ese sitio donde marcan una hierofanía, o aparentemente nada.

Categorías: Cultura

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